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Las pandillas de prisión de Centroamérica y Brasil han pasado de ser pequeñas agrupaciones de vándalos a sofisticadas organizaciones criminales con capacidad para generar un caos que se extiende más allá de las paredes de los centros penitenciarios o supera las estrategias de prevención, según un estudio de Brookings Institution.

Actualmente, las pandillas de prisión representan nuevos y confusos desafíos para los Estados. Han adquirido la capacidad para organizar el crimen callejero, alterar radicalmente los patrones de violencia criminal, e incluso hacer a los gobiernos presas de la perturbación constante y de una violencia organizada y debilitante.


Sin embargo, a diferencia de los grupos armados tradicionales, las pandillas de prisión no pueden ser neutralizadas directamente mediante la fuerza, dado que la mayoría de sus dirigentes ya están encarcelados. De hecho, la respuesta de mano dura que suelen dar los Estados, como una agresiva acción policial, redadas contra las pandillas y sentencias más duras, puede inintencionadamente engrosar las filas de las pandillas de prisión y fortalecer su capacidad para coordinar sus actividades en las calles.

Intentar acabar con los cabecillas de las pandillas de prisión ha resultado ser particularmente contraproducente, pues a menudo facilita la propagación de las pandillas por los sistemas penitenciarios estatales y nacionales. Las estrategias alternativas, como las treguas entre las pandillas, que aprovechan las capacidades de estas últimas para organizarse y pacificar la actividad criminal, pueden ser muy eficaces para reducir la violencia. Sin embargo, son políticamente riesgosas y por lo tanto inestables, y en última instancia llevan a que el Estado sea parcialmente dependiente de las pandillas para garantizar el orden tanto dentro como fuera de las prisiones.


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